leer es cosa de niños

Leer es cosa de niños

Dice el adagio que Más libros, más libres. A los que nos gustan los libros, sabemos que la lectura es como una navaja suiza, porque tiene mil usos: es un pasatiempo; una lección; una fuente de sonrisas, emociones o reflexiones; una forma de ver bien expresados esos pensamientos que nosotros no sabemos argumentar tan bien; es un aprendizaje, entre otras cosas.

Aunque algunos se inician en la lectura tarde, está claro que es en la infancia cuando más hay que fomentar este hábito. Por eso me permito dar aquí algunos consejos —comprobados en persona— para aquellos que tengan hijos o sobrinos, y quieran introducirlos en el fascinante mundo de los libros.

  1. Lee delante de tu hijo.

Un hijo, lo que quiere, es sentirse apreciado y atendido. Cuéntale —usando su lenguaje— algo que te haya gustado del libro que tienes entre manos. Cuando te tumbes en el sofá a hojear una revista, sacrifica algo de tu tiempo y deja que se te cuele entre los brazos para leer contigo, invéntate juegos («A ver si encuentras la palabra camilla en esta página»; «¿Ves a alguien con gafas de sol?»).

Si tumbarte en el sofá y abrir un libro es un momento de relax, tu hijo relacionará la lectura con algo relajante y lúdico. Si lo excluyes sistemáticamente en esos momentos («No me molestes ahora»), la experiencia será negativa.

Anímalo a que se tumbe a tu lado con sus lecturas y, a una hora determinada, os paráis a hablar de ellas. Muestra interés por lo que te cuente. Para él, lo que le cuentes, le parecerá siempre curioso. Recuerda contar cosas introduciendo preguntas, no solo afirmando. Por ejemplo: «¿Y sabes con quién se encontró el chico en este capítulo?» o «El protagonista adopta un perro. ¿Tú qué nombre le pondrías?».

  1. Ahórrate dinero en pilas.

Leer no es incompatible con los videojuegos o el uso de ordenadores. Un niño que lee se entretiene más en los viajes, en las salas de espera o en otros sitios donde uno, a veces, «teme a los niños de los demás». Leer, además, no requiere de pilas ni de cartuchos ni actualizaciones. Solo se necesita un libro, que, en último extremo, puede conseguirse gratis en la biblioteca más cercana. 

  1. Lee algo a tu hijo cada noche.

A ser posible, interpreta a los personajes y haz que la experiencia sea divertida. Será relajante para ti también. Al igual que en los juegos, no prolongues la actividad hasta que el niño se aburra. Abandona la lectura (o el juego) un poco después del clímax, cuando el niño aún esté emocionado con lo que está oyendo o haciendo, pero notes que la curva de atención quiere empezar a bajar. Te rogará que sigas, pero no cedas. Así siempre se quedará con ganas de más.

Anímalo a que ponga algún tipo de recordatorio o marca en el lugar en el que tenéis que seguir leyendo, que toque el libro, que lo manosee, que no lo vea como algo inviolable o ajeno, que sea él quien se responsabilice de guardarlo.

  1. Implícalo en la lectura lúdica en general.

Juega a formar palabras con las letras de las matrículas de los coches. O con la primera sílaba de los anuncios que hay por la calle, con los rótulos de empresas o cualquier otro texto.

Anímalo a que sea él quien lea ese cartel explicativo que os topáis al pasear por un parque. O haz que no ves el nombre de la calle/restaurante que estáis buscando y deja que él la descubra. Alaba su rapidez. Déjale que lea la descripción del lugar en la guía turística cuando vais de viaje. Pídele que te lea los entrantes en la carta del restaurante y te ayude a decidir. Déjale que pida él la comida leyéndola de la carta. Haz que se sienta mayor.

Estos ejercicios son buenos para los niños, pero también son buenos para los adultos que los practican. ¿O acaso no llevamos todos un niño encerrado dentro?

Foto de Barney Moss en Fickr Creative Commons.


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