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El traductor indigno
En comparación con el de otras disciplinas, el territorio de la traducción está en proceso de ser cartografiado.
En el camino hacia la profesionalización, hacia la definición de la disciplina, se ha impuesto la necesidad
de que la traducción reflexione sobre sí misma, se conozca, tienda puentes con otras disciplinas, se vea
mirada por las otras disciplinas.
Este trabajo quiere ser una mirada de la ética sobre la traducción. En este sentido, quizás no se le
encuentre la utilidad inmediata que podemos encontrar en los trabajos de detalle. En pocas palabras, ni
yo misma tengo clara la forma en que lo que quiero decir puede ayudar a nadie, ni a mí misma, a traducir
mejor. Sin embargo me interesa, y no debo ser la única, la búsqueda del sentido en la traducción, un poco
como se le busca sentido a la vida, sabiendo que si se llega a encontrar, la vida misma no cambiará, pero
sí la forma en que me veo viviendo.
Lo primero que escribí sobre traducción, hace un par de años, fue una reflexión casi poética que titulé
Desencuentro en Behring. En ese texto, partiendo del hecho de que los caballos, siendo oriundos de este
continente, se extinguieron por no coincidir (decía yo, especulando) con el hombre, que cruzó Behring
algunas decenas de miles de años después de que algunos de estos caballos lo hicieran en sentido contrario
y que, en cambio, en Asia sobrevivieron porque (seguía yo, especulando) el hombre intervino para domesticarlos,
establecía un símil con la traducción —apropiación, hacer suyo— como actividad salvadora, conservadora,
civilizadora, humanizadora.
Madurando la cuestión, después me he planteado dos interrogantes:
1. Si resulta que yo (traductora) doy vida, rescato, cuando traduzco, ¿cómo ese dar vida, ese rescatar,
se refleja en mi definición de mí? Yo domestiqué al caballo, sí, pero el caballo me enseñó a sostenerme
sobre él, y me hizo a mí jinete.
2. Si mi traducir produce este valor agregado de rescatar y además me define, ¿no será que mis responsabilidades
van más allá de lo que se suele creer?
A estas preguntas-intuiciones les siguen otras, que las completan y matizan: ¿tendrá el traductor algún
compromiso, aparte del de transmitir fielmente un mensaje?, ¿responde el traductor ante algo más que ante
el cliente? y, si el traductor es sujeto de otros compromisos y otras responsabilidades fueria del estricto
texto, ¿de dónde o de qué vienen? Y si terminamos por descubrir que efectivamente somo sujeto de ciertos
compromisos y responsabilidades, entonces el término que nos sirve para definir a la buena traducción,
la fidelidad, ¿es lo que decimos que es, o es sólo una parte de lo que es?, y aquello que nos sirve para
definir al traductor, el mediador neutro, invisible, ¿define realmente lo que somos, o es que somos otra
cosa?
Estas son las preguntas que motivan este trabajo. Tocan el terreno de la ética porque nos obligan a reflexionar
sobre lo que somos, a tomar conciencia de nosotros mismos.
Ahora bien, como por definición el traductor es el que no es (no es autor, no es destinatario,
etc…), toda indagación que no empiece desbaratando esta definición partirá de la nada y terminará irremisiblemente
en un callejón sin salida. En esto consistirá la primera parte de mi ensayo.
En él me inspiro en la obra de Fernando Savater, filósofo español contemporáneo, y en especial, en sus
obra sobre ética. También me hago acompañar por Antoine Berman, cuyo libro L'Epreuve de l'étranger,
por mis pecados, no descubrí antes, y de George Steiner, cuyo Después de Babel es siempre para
mí una lectura inacabada. Pese a estas referencias, digamos literarias, este trabajo no está dedicado
al traductor literario. Quiero más bien acercar al traductor técnico, científico o de textos de ciencias
sociales algunas ideas que a mí me han ayudado a traducir con más pasión, más disfrute y, sobre todo,
dando a mi trabajo más sentido.
Para despejar el área, hay que aclarar, por si hay dudas a estas alturas, que no es de ética profesional
que voy a hablar; por lo menos no prioritariamente. Desde luego, la ética profesional es un aspecto de
nuestra ética, pero es el más simple de entender, porque tiene que ver sencillamente con la supervivencia.
Hacer un trabajo decoroso, cobrar lo justo, atenerse a lo pactado, no poner zancadillas a los colegas,
etc… Podemos llamar a esto «portarse bien», cosa que tiene la utilitaria finalidad de permitirnos seguir
en el mercado. Dicho de otra manera, me conviene hacer todo esto si quiero vivir de la traducción
(o de cualquier otro oficio). Ética de conveniencia, de supervivencia. El que no siga sus preceptos no
es un inmoral sino alguien que no sabe qué le conviene. Sin embargo, si digo me conviene,
y lo subrayo, es porque de alguna forma la ética de que quiero hablar tiene que ver con saber lo que a
mí me conviene, pero este convenir abarca mucho más que lo que es necesario para mi supervivencia personal
o material; es un convenir universalizable.
También esta ética profesional que nos enseñan, o que vamos aprendiendo por la vida, tiene que ver con
la otra ética en la medida en que las cosas bien hechas son también bellas. La relación entre ética y
estética no está en duda. En esta medida, el hacer cumplidamente nuestro trabajo satisface una parte de
nuestro deber ético.
No me referiré, por supuesto, a una ética moralizante; la que nos lleva a juzgar valorativamente el resultado
de nuestro trabajo. Cuando en el medio se habla de malas traducciones, se hace en función de unos criterios
más o menos convenidos: de calidad del idioma, de fidelidad al contenido, de interpretación… El apego
a estas normas, estas convenciones, no es materia de la ética.
Entonces, dirán, si no vamos a hablar de nada de esto, si no vamos a cargarnos al «undercutter», al mal
traductor, ¿por qué hablar de ética, o de qué ética hay que hablar?
Para hablar de ética, tengo que hacer a un lado aquellas éticas que no son sino listas de normas y preceptos,
prejuicios y pautas de conducta, que tiene toda profesión, y buscar el sujeto de ella, al traductor, y
una vez que lo tengo, pregunto qué es ¿qué es el traductor? ¿qué quiere el traductor?, y vienen las respuestas
clásicas: no es el autor ni es el lector, pero trabaja para ambos, con la condición de que no traicione
al autor y que no resulte sospechoso al lector. Esclavo de dos amos, no tiene voluntad propia; es el humilde
servidor que transmite lo ajeno a extraños. Autores y lectores no han dejado de proclamarlo: si pudieran,
prescindirían de los traductores. Sabiéndose mal necesario, el traductor prefiere el anonimato, que le
da cobijo y protección, pero también al que se acoge para eximirse de responsabilidades. A ello se resume
la condición anciliaria de la traducción. Al amparo de su neutralidad, y esgrimiendo como coartada la
fidelidad, el traductor alienado no se reconoce; no reconoce sus poderes ni responsabilidades, ni reconoce
tampoco el territorio en el que los ejerce.
Mientras el traductor habite esta especie de tierra de nadie, y se encuentre en esa posición jánica (mitad
de él mirando hacia la lengua propia, y la otra mitad hacia la ajena), mientras no descubra y se asiente
firmemente en su territorio, ¿qué ética se le puede pedir sino una ética de supervivencia, una ética para
el logro de sus metas inmediatas, es decir, ética del trabajo decoroso y del acatamiento de las normas
del gremio?. Ética, pues, como estética (cuando más) y utilidad. Ahí se detiene la responsabilidad del
traductor. Esta responsabilidad limitada encaja perfectamente en la noción de neutralidad sometida que
nos identifica. Nuestra anonimia y supeditación al uso general de la lengua nos protege de la crítica
y nos pone a salvo de cualquier reclamo por la marcha de la lengua y cultura propias. Coartada impecable
que nos resguarda de la obligación moral de buscar lo mejor para ellas, y no sólo las soluciones útiles
o acertadas. Ilusos: el precio de nuestra falta de compromiso es una falta de reconocimiento ajeno. Nos
podemos desgañitar gritando a voz en cuello que nuestro trabajo es creativo, que merece figurar entre
las artes, o, como dicen otros, que es científico, y que merece considerarse como ciencia. De nada sirve;
el auténtico artista lo es porque arriesga, comprometido con el arte; y el científico respetable arriesga,
comprometido con el andar de la ciencia, y el público lo sabe. ¿Qué nos compromete a nosotros?
Entiéndaseme: no creo que haya premeditación en ello. Quizás el trabajo enajenante y la falta de estímulos
nos tengan en una situación de inconsciencia, como aturdidos. Cuando se está así, alzar la vista del surco
que se está arando es una proeza. Y, sin embargo, hay que hacerlo porque en ello estriba precisamente
la dignidad, entendida como el querer ser, «querer seguir siendo, querer ser más, querer ser de forma
más segura, más plenaria, más rica en posibilidades, más armónica y más completa: ser contra la debilidad,
la discordia paralizante, la impotencia y le muerte» (Savater, 1995a, 28) (muerte por intraducibilidad,
por incomunicabilidad, agrego yo).
La conciencia de sí es pues el punto de partida de la ética. La ética, que me habla de mi relación con
el Otro, no puede sino partir de la conciencia de sí del sujeto. Yo no me puedo plantear ninguna relación
si no me he autoafirmado antes.
Ahora bien, lo que el traductor sabe de sí no le permite plantearse ninguna relación, porque lo que sabe
de sí es sumisión, sometimiento, invisibilidad… Quiero aventurar otra definición: el traductor es un agente
de la lengua propia, activo y comprometido con su lengua y su cultura, dotado de voluntad y de libertad,
que actúa saliendo, partiendo, como quien camina, de su territorio (sí mismo, su lengua y su cultura)
para ir hacia otro territorio (al encuentro del Otro, su lengua y su cultura). Y este encuentro ético
se da no en territorio de su lengua propia (que sería la mala traducción, por etnocéntrica, porque elimina
al Otro) ni en el territorio del Otro (que sería la mala traducción, por extranjerizante, porque lo elimina
a él, su lengua y su cultura) sino en una frontera que él mismo pinta. Las soluciones fronterizas, por
tensión moral, son las soluciones éticas en traducción. La frontera es también el lugar en que ambos (traductor-autor,
sus lenguas y culturas) se ven, se reconocen y, al hacerlo, se dicen: existes. La obra de Berman se resume
en esto: la traducción no es una simple mediación, es un proceso en el que entra en juego toda nuestra
relación con el Otro.
La frontera deja de ser tierra de nadie para convertirse en el lugar por excelencia en que yo me reconozco
y me afirmo por contacto con el Otro, en esta relación dialógica entre lengua propia y lengua extranjera.
María Zambrano, citada por Savater, lo dice así:
Sólo al verme en otro me veo en realidad, sólo en el espejo de otra vida semejante a la mía adquiero
la certidumbre de mi realidad. Creer en la realidad de sí mismo no es cosa que se dé sin más; parece ser
que es certidumbre recibida de un modo reflejo, porque creo en mí y me veo vivir de verdad si me veo en
otro. Mi realidad depende de otro. Y esta trágica vinculación engendra amor y envidia… Toda existencia
es recibida. (1994, 119)
Quizás a esta envidia se refiere Berman cuando dice que la lengua materna se plantea siempre a la extranjera
como superior (más rica, más flexible…). Es sin duda esta envidia la que siente el traductor por el autor.
Amor y envidia, según Savater «son las pasiones del espejo en el que recibo juntamente lo que me autonomiza,
lo que me acompaña y lo que me tortura» (1994, 119)
El traductor responsable
Sale, pues, a la luz el traductor. Ya no oculto, ya no invisible, ya no neutro, ya no esclavo. Confirmemos
esto: lo que la ética propone no es sólo el reconocimiento del Otro sino el reconocimiento en el
Otro. Al hacerlo, no lo considero como algo finito, definido de una vez por todas, sino como soy yo, «como
una disponibilidad sin medida, como una capacidad creadora que transgrede y metamorfosea toda forma, con
sublime espontaneidad y más allá de todo cálculo: la aceptación de su libertad respecto de mí proporciona
una base inatacable a mi propia libertad» (Savater 1994, 124). Le reconozco lo inacabado, y Berman
añadiría, haciéndose eco de los románticos alemanes: y lo potencializo en mí (la traducción potencia el
original).
Este reconocimiento en el otro es igualitario. En este proceso dialógico, la lengua materna actúa sobre
la extranjera y viceversa. En las fronteras hay interpenetración. Paradójicamente, no son lugares para
la separación sino lugares que marcan donde hay contacto.También son lugares enn los que se revelan las
diferencias. En una relación ética, estas diferencias no son valoradas como condicionamientos irreductibles,
dice Savater. Son manifestaciones de la infinitud del Otro, al igual que las mías. Cada dificultad en
traducción es más que un escollo: una ocasión de poner en marcha todas aquellas habilidades que hacen
que lo que hacemos tenga sentido.
Todos los contactos encierran un riesgo de homogeneización porque buscan idealmente una coincidencia.
En el acercamiento no ético al Otro parece haber un proceso inconsciente de neutralización de «tipismos»,
de diferencias, con lo que el contacto, en lugar de sumar y enriquecer, empobrece. Por eso se dice que
en toda traducción hay pérdida; no por lo que dice la metáfora del vino trasvasado, que de hecho no explica
nada, sino porque el traductor sojuzga al texto, haciéndolo entrar en el molde de lo que él cree que su
lengua materna puede recibir, y dejando fuera lo que lo hace extranjero. He aquí uno de los grandes retos
que plantea la ética de la traducción: la batalla contra la homogeneización. Reconocer la asimetría entre
las lenguas es reconocer en el Otro esa infinitud y condición de inacabado (que la mía tiene también).
Ponerlo en práctica mediante un esfuerzo consciente, deliberado, radical, por ejercer una traducción creativa
y capaz de tomar riesgos nos pone a salvo de que la máquina nos reemplace. Cuando trabajo en favor de
lo que conviene a mi lengua y mi cultura también trabajo en favor de lo que a mí me conviene.
Traducir como oficio ético no significa saber cómo puedo traducir o cómo debo traducir, sino cómo quiero
traducir para conservar y enriquecer mi lengua, potenciarla. Se trata de poner la voluntad y la libertad
como motores de la «pulsión» traductora. El cómo puedo y cómo debo son subsidiarias del cómo quiero. El
camino de este querer es el de la creatividad, entendida como voluntad de ejercicio libre, proceso y no
resultado de este ejercicio. Su campo de acción es lo inmediato, es la creatividad al servicio del aquí
y ahora, y no en función de una utopía, que en traducción no existe (la traducción perfecta es inconcebible)
sino en función de un ideal en construcción. «El esfuerzo reflexivo del sujeto moral por la vida buena
actúa siempre dentro de las circunstancias dadas; contribuye probablemente a mejorarlas, pero es consciente
también de que nunca las mejorará tanto como para dejar de ser esfuerzo; su época no es el aplazamiento
anheloso, sino el impostergable latir del aquí y ahora» (1995:152). Es, pues, más importante el camino
que el final del camino.
Aquí es donde toca desmantelar el otro concepto que nos tiene definidos, acotados, constreñidos: la fidelidad.
En primer lugar, el término fidelidad, que hemos usado durante siglos como calificativo de la buena traducción,
ha perdido su capacidad evocadora. Tiene, como su antónimo, la traición, connotaciones moralizantes, que
es hora de desechar y, además implica que el juicio valorativo sobre la traducción descansa sólo en la
relación traductor-autor, o traducción-texto original. Desconoce, pues, la complejidad de la interrelación.
Desconoce las influencias mutuas y postula la existencia de una Gran Verdad, o de una autoridad que pueda
fijar de una vez por todas el valor de una traducción.
Es herencia que arrastramos de antiguo, cuando el texto se consideraba cosa sagrada (en las Santas Escrituras,
hasta el orden de las palabras «trae mixterio», decía San Jerónimo).Refleja el aspecto más discutible
de nuestro trabajo: su sometimiento. Al igual que en el ámbito doméstico, se opone a la aventura y, al
igual que en el ámbito doméstico, tiene algo, o mucho, de ingenuo.Además, el concepto de fidelidad ha
sufrido tantos cambios a lo largo de la historia de la traducción, y tiene suficientes variantes internas
como para que nos quepan dudas razonables acerca de lo que realmente significa.
Dice Berman que el concepto de fidelidad es del s. XVIII, cuando los románticos alemanes se rebelan contra
las traducciones fantasiosas, etnocéntricas, que hacían los franceses. Yo creo más bien que para ellos
la fidelidad consistía en posesionarse del Otro. La consigna de Jerónimo implicaba traicionar el origen
del autor. En España también fue así. Fray Luis de León decía que las palabras del traductor debían ser
«como nacidas del castellano», «que hablen castellano» (Santoyo, 67), queriendo quizás afirmar los poderes
de su lengua ante la superioridad del hebreo, latín y griego. Otro traductor, también del siglo XVI, dice
«el que vierte… lo vierte como de suyo, sin que quede rastro de la lengua peregrina en que fue primero
escrito» (Pedro Simón Abril, citado por Santoyo, 70). La fidelidad consistía en posesionarse del Otro,
traerlo a fuerza al territorio de la lengua propia y que, como resultado, no se supiera cual era el original
y cual la traducción.
Con la conciencia de la traducción que inauguran los románticos alemanes y el pensamiento de Humboldt,
la fidelidad cambia de sentido y pasa a significar casi lo opuesto. Un traductor español, contemporáneo
de ellos, lo dice así:«una traducción será imperfecta siempre que en ella no podamos conocer y examinar
el carácter de la nación por el del autor… Así, muchos traductores, por amor propio o por indiferencia,
o finalmente por ignorancia,… han hecho que hable un Sueco como si fuese un Arabe», y luego afirma que
«las obras traducidas no deben destinarse tanto para enseñarnos a hablar cuanto para mostrarnos cómo hablan
los demás» (Antonio de Capmany, citado por Santoyo, 116), cosa que repiten Ortega y Gasset, y Octavio
Paz.
Tampoco es la misma fidelidad la de la traducción literaria que la de textos pragmáticos. Esta se parece
más a la fidelidad del intérprete, centrada en los contenidos, mientras que la otra es más de traducción
(formal, textual, además de contenidos).
Así, pues, creo que hay que ir dejando el término fidelidad para la docencia y el aprendizaje de la traducción,
en los que quizás le encontremos lugar, y buscar otras formas de expresar la esencia del trabajo y sus
dificultades. Competencia traductora y responsabilidad podrían ser buenos reemplazos. Lo
que propongo, como ven, es que lo que defina nuestro trabajo sea expresión de compromiso ético declaradamente
individual y subjetivo. Liberada ya de la fidelidad: ¿cómo quiero que sea mi relación con el texto?, y
la pregunta es ciertamente ésta; no cómo puede ni cómo debe, sino cómo quiero, porque parte de mi voluntad
y de mi libertad. Esta relación responsable sólo puede significar reconocerle al Otro su ser distinto
del mío y actuar en consecuencia. Admitir lo más que de la otra lengua mi lengua admita (la competencia
traductora implica que yo sepa hasta qué punto puedo hacer violencia a ambas; punto que el traductor define
libre y responsablemente) y dejar ese residuo de extranjeridad al que se refiere Steiner cuando dice que
«una traducción debe conservar una extrañeza y una 'otredad' vitales ante su propia lengua» (86).
No es tan abstracto como parece. Veamos un ejemplo: cuando Stanley encuantra a Livingston en Africa,
dicen que dijo: «Mr. Livingston, I presume». La forma de traducir hoy el «I presume» es, literalmente,
«presumo» o, casi literalmente, «supongo», aunque no parezca español o no tenga la gracia del original.
Y no porque la literalidad sea el método idóneo en toda traducción, sino porque sólo si lo traduzco así
respeto ese aire tan británico, de encuentro de salón, que respira la frase. Sólo así el lector se encuentra
sacado de sí, caminando el encuentro de lo ajeno por el camino que el traductor le ha abierto. Esta faceta
es la de la responsabilidad estricta del traductor, la que atañe a su batalla contra la intraducibilidad.
Otro ejemplo es la formación del neologismo deporte, construido por fertilización cruzada de sport
con una vieja palabra en desuso, depuerto, que significaba esparcimiento. Hermoso ejemplo de creatividad
traductora. La otra faceta de su responsabilidad (y competencia traductora) tiene que ver con esa presencia
del traductor en el territorio de su lengua y su cultura. El traductor es un ususario de excepción en
su lengua. Lo sepa o no, es uno de los que, con su trabajo, dan la pauta de las costumbres linguísticas,
puede decidir aceptar o rechazar usos nuevos, puede hacer propuestas de neologismos y, sobre todo, tiene
un papel que todavía no reconoce en la lucha contra la homogeneización que implica, por una parte,
defensa de la diversidad de lenguas y formas de hablar y, por la otra, defensa de la capacidad de decir
de nuestras lenguas, amenazada por una no-lengua que tiene como modelo (y víctima, dice Berman) al inglés.
«La esencia de la conciencia traductora moderna es una exigencia máxima de «saber» al servicio de cierta
realimentación de la capacidad de decir de la lengua, de cierta forma lúcida de habitar y defender Babel
en el momento en que la Torre-de-las-Muchas-Lenguas (la de las Diferencias) está amenazada por la expansión
de una jerga desenraizadora que no es ni siquiera el esperanto, aquel ingenuo sueño humanista que ahora
revela su auténtico rostro de pesadilla» (Berman: 289).
El traductor, como agente de su lengua tiene una responsabilidad ante ella. Significa esto que responde
ante ella y responde también por lo que otros hacen con ella. Implica, pues, una actitud de compromiso,
activa y decidida, con ella y, por extensión con todas las lenguas, actitud que contrasta con la opacidad
a la que nos hemos reducido.
El traductor insumiso
El retrato que va surgiendo de todo esto es el de un héroe trágico. Las dos batallas: contra la intraducibilidad
y contra la homogeneidad son tarea de héroe, en el estilo más savateriano. El traductor insumiso,
podríamos llamarle. Y como los héroes pertenecen al mito, su quehacer se enmarca también en lo mítico
(viendo lo mítico como paradigma de la realidad):
Dios castiga al hombre ahí donde al hombre más le duele: su capacidad de comunicar. Primero, con la expulsión
del Paraíso, el hombre deja de ser uno con Dios. Deja de ser divino y tendrá que inventar el lenguaje
de los sacrificios para comunicarse con Él. Para el hombre, verse degajado de Dios significa la soledad,
la muerte. El segundo castigo, el de Babel, reafirma la maldición. El desgajamiento de sus hermanos. No
comunicar es no ser. Sin el Otro, que es Dios y que es el hombre hermano y ajeno, el hombre es finito,
mortal.
Traducir como héroe es esforzarse simbólicamente por revertir el castigo divino. Cuando Dios castiga,
deja al hombre solo. El trabajo de la ética es la subversión contra esta muerte por incomunicación o incomunicabilidad:
o no nos podemos comunicar porque no hay acercamiento posible al Otro, o porque las lenguas no tienen
capacidad comunicadora = intraducibilidad u homogeneización, las dos batallas que libra el traductor-héroe.
Y en ello estriba el carácter trágico de nuestro trabajo: el traductor sabe que él solo no puede nada;
que las lenguas irán a donde la historia las lleve, y que todo trabajo puramente voluntario que se haga
sobre ellas, como dijo Schleiermacher, es locura; (¿qué más trágico que saber que nada de lo que yo hago
alterará la marcha de la lengua?) y, sin embargo, el traductor ético no puede dejar de actuar sobre ellas
en el presente, para dar sentido a ese presente, porque «lo que cuenta no es lo que más tarde se tendrá
sino lo que ahora se quiere» (Savater 1995a, 325).
La traducción no es simple mediación. En la búsqueda del acercamiento al Otro, en ese caminar hacia el
territorio ajeno, en ese reconocer al Otro y reconocerse en él, el traductor encuentra su sentido y el
lugar que le corresponde. Y sabe que el producto de ese contacto con el Otro no puede ser sino algo que
pertenece también al mito. Si el hombre hizo, creó, al caballo, y el caballo hizo, creó, al jinete, de
ese mestizaje salió algo que concentra lo mejor de ambos, con todo y ser, literalmente, monstruoso: el
centauro. Los híbridos no pueden ya definirse por lo que no son (ni esto ni aquello); el logro heroico
de la traducción es poder decir: soy el Otro y soy Yo.
REFERENCIAS
BERMAN, A. (1984) L'épreuve de l'étranger. Gallimard, Paris.
PAYÀS, G. (1994) «Desencuentro en Behring», Elementos 21, vol. 3, Univ. Autónoma de Puebla.
PAYÀS, G.(1995) «La responsabilidad del traductor ante la lengua: préstamos, «lavado», y liberalismo lingüístico»
(manuscrito), III Congreso Nacional de Lingüística, Puebla, México.
SANTOYO, J. C. (1987) Teoría y crítica de la traducción: Antología, Universitat Autónoma de Bellaterra,
Barcelona.
SAVATER, F. (1994) La Tarea del Héroe, Ed. Destino, México.
SAVATER, F. (1995a) Ética como amor propio, Grijalbo, Barcelona.
SAVATER, F. (1995b) Ética para Amador, Ariel, Barcelona.
SAVATER, F. (1996) Diccionario Filosófico, Planeta, México.
STEINER, G. (1975) Después de Babel, Fondo de Cultura Económica, México.
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